La fuerza de su ausencia

“Y sé que no querrás volver a confiar en mí. Nadie confía en la energía nuclear después de lo de Chernobyl.” Nacho Vegas

La pared no fue lo único que oí temblar tras la puerta al cerrarse. En mi mente retumbaban sus lágrimas y su voz tartamudeando las últimas palabras que me iba a dirigir. La verdad es que hacía tiempo que sabía que aquello iba a ocurrir. Simplemente era incapaz de pararme, como si algún ser surgido del más oscuro y recóndito lugar del Hades se hubiera apoderado de todos y cada uno de mis actos, dejando intacta la mente que a estas alturas era incapaz de controlar su cuerpo y que observaba con una pasividad exasperante el transcurrir de los días. Me había convertido en un parapléjico con la capacidad de andar; en un árbol deshojado esperando una primavera que prometía no llegar nunca.

Y ella siempre estaba allí. Siempre había estado allí. Y yo siempre poseí la certeza de que no lo iba a estar un minuto más. Sabía que en algún momento perdería la fuerza para sanar todas mis heridas, para limpiar la sangre del lavabo y para cerrar puertas y ventanas cuando marchaba a trabajar. Sabía que me quería con la fuerza de todas las lágrimas que posee el mundo, y que mis cicatrices herían más su piel que el acero que ocupaba su lugar en mí. Sabía también que el dolor acabaría aniquilando su perseverancia. Y aunque continuo sabiendo que me quiere más que a nada en el mundo; y aunque sé que parar este tren abriría de nuevo esta puerta y eliminaría la humedad de sus ojos continuo aquí. Quieto. Hasta que su ausencia me dé la fuerza suficiente para acabar con todo esto.

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